“Mande, señor”. Español mexicano
fanchette
Todos sabemos que la lengua es un conjunto ordenado de signos verbales, parte cultural de cada sociedad, y que tiene el gran valor de unificar a las personas. De establecerlas en comunión. En ese sentido, cumple cabalmente el mandato etimológico de la palabra comunicación, que procede del latín communis y significa ‘poner en común’. La lengua es, así, el tronco cercano con que muchos seres humanos viabilizan su natural necesidad de decir y oír. Ahora, este concepto asume carácter oficial cuando se le circunscribe a un territorio nacional. En tal caso, se utiliza la denominación idioma.
Pero todos sabemos que muchos países comparten sistemas de comunicación similares (en lo esencial), debido a que tienen cimientos comunes. Ello demuestra que las lenguas no tienen límite geográfico, pero sí vidas distintas de una misma existencia. ¿Que cómo se come eso? ¿Qué es? Pues no quiero sino expresar las distintas variantes que tiene un idioma en las diversas zonas donde se asienta. A ello se llama dialecto. Es decir a la forma no pura de practicar una lengua, al principio, pura. No digo esto con sentido elitista, sino para expresar, con claridad, la metamorfosis que asume un idioma cuando se generaliza en un territorio. Como en todo, se produce una mezcla que incluye la adopción de frases populares (características del pueblo) y variaciones de tipo gramatical (morfología, fonética, etcétera). Un claro ejemplo es México. “Mande, señor”.
El territorio azteca recibió el idioma español como un regalo de cumpleaños. Fue parte del proceso cultural llamado Conquista, que terminó por denominar a esta zona ‘Nueva España’. El español mexicano es, entonces, una realidad actual que tiene sus raíces en la gestación de una cultura mestiza latinoamericana. En este país, el castellano ha sufrido modificaciones como lo ha hecho en Argentina, Chile y Perú. Ahora, todos sabemos que un proceso cultural no corresponde necesaria con la zona actual de una nación. Un ejemplo: el Renacimiento fue un cambio del pensamiento humano (de toda índole) que nació en Florencia, pero pronto afectó a gran parte del continente Europeo. Así, el español mexicano no es hablado por toda la comunidad azteca: otros dialectos como el español yucateco, castellano centroamericano (Chiapas) y variantes en el norte y la costa del país son también practicados.
¿Y cuáles son las características del español a la mexicana? Pues como en el caso de los otros países sudamericanos, cambios en la gramática, pronunciación y vocabulario. Esto último incluye los ‘coloquialismos’, es decir las expresiones que tienen lugar en la vida cotidiana de la nación y forman parte de su forma particular de hablar. Destacan mande (similar a dígame o alguna otra palabra que responda al llamado de alguien formalmente), ahorita (lapso de tiempo indefinido), chavo (muchacho o muchacha), tlapalería (bazar, similar a la ferretería, que comercializa objetos para construcción), apapachar (expresar cariño de forma efusiva: dar muchos besos), Güey (persona de mucha confianza para el hablante), pinche (se le agrega seguidamente el objeto que nos molesta o disgusta) y ¡Qué padre! (interjección similar a ¡Qué bien!).
Cada región genera una visión particular del mundo a partir de palabras únicas. A la hora de aprender el español, es saludable considerar estas variables dialécticas. Por más troncos comunes que tengan las naciones hispanohablantes, cada una dota de individualidad a su habla. Ello es un proceso cultural natural y saludable. Sólo hay que tenerlo en cuenta.
Posted in Uncategorized |
No Comments »
